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16 jun. 2017

Hacer barrio: sucedió así

Hacer Barrio: sucedió así

Por: Gloria Serrano


Barrio de Lavapiés, Madrid 2016 © Gloria Serrano

Para Adela y los amigos del procomún



Uno más uno, decimos. Y pensamos:

una manzana más una manzana,

un vaso más un vaso,
siempre cosas iguales.

Qué cambio cuando
uno mas uno sea un puritano
más un gamelán,
un jazmín más un árabe,
una monja y un acantilado,
un canto y una máscara,
otra vez una guarnición y una doncella,
la esperanza de alguien
más el sueño de otro.

Sumas, Ida Vitale



El miércoles, por la tarde, en el barrio de Lavapiés detuvieron a uno de mis vecinos que días antes había asaltado a una mujer. La escena fue más que triste porque al momento de la detención lo acompañaban sus hijos pequeños. Entonces, varias personas se acercaron para distraer a los niños, para ofrecerles un refresco, para tranquilizarlos. La policía hizo su trabajo de manera discreta y uno de ellos, incluso, se inclinó para decirle al niño que era un chaval muy valiente.

"No te asustes, nuestro padre va a trabajar" — le insistía el niño a su hermana.

Para mí, eso significa "hacer barrio", construir comunidad. Dentro del caos cotidiano, esta fue una lección —humilde, callejera, amateur— de lo que sucede en las calles y pocas veces se publica.

Escribe el periodista Bernardo Gutiérrez que: "Entre el desde y el para, la ciudad es una constelación de matices. Quienes desean “desde”, formulan ciudades invisibles que los técnicos municipales raramente consiguen ver. Esbozos de ciudad, ángulos imprevistos, pliegues sorprendentes, perspectivas inusuales, detalles que son mundos"

Tiene razón. Precisamente, esos "detalles que son mundos" me inspiran a recorrer las calles con el ánimo de mirar y escuchar las historias que la ciudad tiene por contar. Historias como esta que, a veces, derivan en escritos personales, como el que  —no sé por qué razón— ahora les comparto: 

¿Qué es?

¿Es mi vestido aireándose desde Montera hasta Lavapiés? ¿Son mis cabellos despeinados? ¿Es el tremor de los tambores en Mesón de Paredes? ¿Es el chico asiático orinando detrás de un bote?

¿Qué es? pienso ¿Es ese hombre de piel negra radiante que tanto contrasta con su túnica de un blanco impoluto? ¿Es aquello que yo miro y otros ya no? ¿Es mi asombro frente a la impasibilidad? ¿Es el silencio administrativo de muchos?

No lo sé, pero nunca había querido tanto a una ciudad.

¿Son esas españolas amigas, mis cómplices, resueltas a defender su dignidad de mujer, de ser humano?

¿Es el calor que se impone y atosiga? ¿Son nuestros miedos y los de todos? pienso, me concentro, hago uso de la experiencia, de mis lecturas, cuestionándome— Díganme, ¿qué es?

¿Son esa pareja de ciegos conquistándose en Chueca?

"Los truenos me dan miedo"  dice la niña a su madre. Yo voy detrás de ellas, subimos las escaleras. La señora sonríe.

¡SONRÍE cuando ayer detuvieron a su marido por robar¡ ¡SONRÍE! A mí y a sus hijos que son mis vecinos y viven en la planta de abajo.

¿Qué es? ¡Son todos ellos! Es esta humanidad que traigo incrustada en el pecho.

¡Todavía los veo! Sin necesidad de leer un tratado entero sobre la vida en común, sin pensar si sus vidas se traducirán en una crónica o en un reportaje, sin saber si he de escribir de ellos o no, sin saber si alguien habrá de leerme o no.

¡LOS VEO! Así, sin más.

Aún no soy cínica. Rezo sin tener un dios para no volverme cínica. Rezo yo atea para no "hacerme la rubia", como dice Cifuentes que las mujeres debemos ser.

Y bendigo este instante, este sol abrasivo, este estar —este aprender a mirar en Madrid y desde Lavapiés. 


Para mí, son estas manifestaciones de vida que nos alivian los ojos cansados.




15 jun. 2017

Cuando leer es casi revolucionario

Cuando leer es casi revolucionario


Por: Gloria Serrano


Feria del Libro de Madrid, 2017 © G. Serrano


Como Charles Darwin cuando descubrió la diversidad de picos que tienen los pinzones de las Islas Galápagos. Como Bob Dylan cuando le dijeron que había ganado el Nobel de Literatura. Como Svetlana Alexiévich cuando le mostraron lo que había quedado de aquellos soldados en Afganistán después de pisar una mina. Como Humbert cuando conoció a Lo.Li.Ta.

¿Qué relato les llevó a colgarse del asombro y luego del libro que lo contenía?  

El escritor mexicano Jorge F. Hernández dice que fue El principio del placer de José Emilio Pacheco. La periodista y escritora española Silvia Nanclares responde que Eso, de Stephen King. Sigrid Kraus, la editora de Ediciones Salamandra, que fue Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell. Y Juan Cruz, escritor y periodista en El País, recuerda El Capitán Trueno, la historieta de Víctor Mora Pujadas.

Y es que hubo un tiempo —no muy lejano, aunque lo parezca— en que las personas tomábamos esa serie de hojas de papel unidas por un lado y protegidas por una tapa o cubierta que conocíamos y llamábamos libro, donde podíamos encontrar —para deleite o disgusto— frases perturbadoras como estas:

“Hoy quemé tu carta. La única carta que me escribiste. Y yo te he estado escribiendo (sin que tú lo sepas) día tras día. A veces con amor, a veces con desolación, a veces con rencor. Tu carta la conozco de memoria: catorce líneas, ochenta y ocho palabras, diecinueve comas, once puntos seguidos, diecisiete acentos ortográficos y ni una sola verdad”.

Las encuestas, los gremios de libreros y editores, los investigadores dicen que ya no lo hacemos o que lo hacemos menos o que lo hacemos diferente. Dicen que preferimos una serie de Netflix al libro, un videíto de YouTube al libro, una imagen animada en Facebook al libro; es decir que, entre los 140 caracteres de Twitter a las 1424 páginas de Don Quijote, nos quedamos con lo primero. Y ellos están aquí, en la Feria del Libro de Madrid instalada en el parque de El Retiro, para hablar con Javier Rodríguez Marcos sobre eso: el libro y la lectura.

Kraus comienza diciendo que nos encontramos en medio de una revolución, de un gran cambio que dentro de algunas décadas nos hará exclamar: ¡Cómo no nos dimos cuenta! ¡Cómo no supimos qué hacer! Pero es optimista, piensa que esto se trata de recibir lo nuevo sin abandonar lo viejo.

Por su parte, Hernández menciona que justo hoy se cumplen 50 años de la publicación de los primeros ejemplares de Cien años de soledad, la novela de mariposas amarillas que imaginó Gabriel García Márquez. La nostalgia por aquellos años de tinta y folios, hacen que también recuerde cómo los mexicanos de su generación esperaban con ansias la llegada a México del suplemento Babelia. Pero ahora es muy distinto porque —comenta— los suplementos culturales que invitaban a la lectura de libros de a poco han ido desapareciendo. Para el escritor de La emperatriz de Lavapiés, el gusto por este hábito y, más aun, por llegar a la última página, es algo que se contagia.

Nanclares es la primera en poner el dedo en la llaga cuando menciona que los periodistas somos —o deberíamos ser— el puente entre la gente y los escritores, entre los lectores y los libros, pero no estamos haciendo bien la tarea. Dice que, para ello, es preciso hablar de tú a tú, romper las fronteras invisibles, pero demoledoras, que nos separan de las audiencias, que no son otra cosa sino personas detrás del ordenador. Para ella, la cultura no debe ser cómoda ni un adorno lindo en las páginas de los diarios; así que, la práctica periodística con la que más se identifica —nos dice— es la de “guerrilla” o de batalla, una donde la cultura sirve para que los ciudadanos sean más críticos de su realidad.

Feria del Libro de Madrid, 2017 © G. Serrano
“Los escritores no leen a otros escritores contemporáneos y esto empobrece el diálogo cultural. Hablan de escritores muertos, de los que ya no están, pero pasan de los contemporáneos como de la mierda”, afirma Cruz y agrega que los medios no tienen interés en que la gente lea, en poner el libro en la conversación. Entonces, explica que esto es vital, porque el libro es un factor de comunicación e interpretación de la vida. La verdad es que —pese al optimismo de Kraus—  él se siente descorazonado y se pregunta dónde está la preocupación de la sociedad española por la lectura.

Y es que, si bien los españoles se han volcado a leer novelas como Patria, de Fernando Aramburu, o El cuento de la criada, de Margaret Atwood, lo cierto es que el peso del entretenimiento en su grado más comercial y del periodismo convertido en mero espectáculo, las más de las veces terminan por aplastar los esfuerzos hormiga de periodistas independientes, editoriales pequeñas y librerías especializadas que, moviéndose por los márgenes, apuestan al estremecimiento de una población agotada por la precariedad y aturdida con la mediatización de la existencia.    

— En México, ninguna telenovela de Televisa presenta a personajes que sean lectores o que, al menos, lleven un libro en la mano. Tenemos un presidente que no recuerda el título de tres libros que haya leído y que eliminó la lectura en voz alta del programa educativo. Su pareja es la propietaria de una casa blanca vacía de libros —comenta Fernández.

— Me gustaría saber, además de Patria, qué otro libro ha leído Rajoy. Trump es el perfecto ejemplo del irrespeto por la cultura — dice Cruz.

— La gente, los jóvenes tienen interés en la lectura, pero el ritmo de la cotidianidad tampoco nos da tiempo para mucho — dice Nanclares.

— Como siempre, la difusión de boca en boca es la que mejor promueve el libro — concluye Kraus.

Retomar políticas públicas de fomento a la lectura que en otro momento fueron efectivas, hablar más de los libros y menos del número de ejemplares vendidos y ponerlos al alcance de los niños, fueron algunas de las ideas que arrojaron los ponentes, resultado de sus horas ocupadas en un placer que salva. Que salva del tedio como de la ignorancia, y de la tristeza agazapada en el corazón como de nuestra presencia en el mundo transformada en banalidad. Leer salva de esos días en que no sucede nada y el aire parece que se respira distinto. También de aquellos otros en que nos pasa todo, todo el tiempo, y el aire parece que se respira distinto. No sé a ustedes, pero a mí, leer me ha salvado de estar ante una manifestación en la Gran Vía y pretender ingenuamente que no los he visto, que no existen los rostros de esas mujeres demandando un empleo digno. Me ha salvado de sentir el morbo del que mira distante la tristeza sórdida de la guerra en Kabul. Y de creer que mi pensamiento es inferior al de un hombre o superior al de cualquier otra mujer. Me ha salvado de suponer que la tragedia se constriñe a lo que ocurre en México o a lo que ven mis ojos en las calles de Madrid. Y de resignarme a ejercer mi ciudadanía solo al momento de emitir un voto. Quiero decir, que leer nos salva de la estupidez.

Dejar que corran los minutos viendo o escuchando toda clase de chorradas, se vale. Digamos que es legítimo lo que cada quien decida hacer durante el breve lapso que habitamos el planeta. Sin embargo, Juan Cruz no evita cuestionarse si con ello no estamos construyendo una sociedad de sujetos entretenidos, en vez de una compuesta por seres pensantes, capaces —además— de permanecer y de hacer cosas juntos.

Dejó dicho Bertolt Brecht: “Sobre todo examinen lo habitual. No acepten sin discusión las costumbres heredadas. Ante los hechos cotidianos, por favor, no digan: “Es natural”. En una época de confusión organizada, de desorden decretado, de arbitrariedad planificada y de humanidad deshumanizada... Nunca digan: “Es natural”, para que todo pueda ser cambiado”.

¿Es natural que un joven use, en promedio, alrededor de 250 palabras para expresarse? ¿Es natural que en 2015 casi el 40 por ciento de los españoles no leyera ningún libro? ¿Y que el 42 por ciento de estos no lectores de libros argumentara que no le interesa? Quizás, debido a ese desinterés muchos desconocen —entre tantos otros datos— que en España 29 de cada 100 ciudadanos siguen siendo pobres y que más de tres millones de personas subsisten con menos de 300 euros al mes. Quizás, por eso, Juan Cruz recomienda leer Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del siglo XX, de Timothy Snyder. Y quizás, por lo mismo, Silvia Nanclares no yerra al decir que ese acto, por lo general personalísimo, de tomar un libro y leerlo de principio a fin es, en esta época, casi revolucionario.

Artículo originalmente publicado en Zero Grados.

5 jun. 2017

Ayudar con la esperanza o con otro periodismo

Ayudar con la esperanza o con otro periodismo


Por: Gloria Serrano

Miguel Mora, Soledad Gallego-Díaz y Víctor Sampedro. Concentración frente a la embajada de México en Madrid,
18 de mayo 2017 © G. Serrano

“Nuestros problemas son de tres tipos: los que pertenecen específicamente a cada una de nuestras naciones, los de Latinoamérica y los de España. Nos salvamos juntos o nos perdemos separados”, Juan Rulfo

Es que las calles son tantas cosas a la vez: orden y caos, simetría y desigualdad, presente y memoria, relato vivo, hogar colectivo, grafiti, asfalto, atardecer, escenario. Tenía razón Roberto Bolaño cuando escribió que "la muerte del cisne, el último canto del cisne, el último canto del cisne negro, NO ESTÁN en el Bolshoi sino en el dolor y la belleza insoportables de las calles".

[Solo hay que mirarlas para darse cuenta de que son el lugar de los devenires y las contingencias, donde se gesta la innovación social y surge el gran relato que no cesa, siempre cambiante, siempre actualizable de la vida].

Metros antes, en la Plaza de Jesús, filmaban una escena de época como las que integran la serie de Netflix ambientada en el Madrid de 1920, esa donde las protagonistas son cuatro operadoras telefónicas. En otra ocasión, quizás, me habría quedado un rato junto a otros curiosos para observar el coche verde botella —bonito de antiguo— que estaba estacionado a la entrada de la Taberna De La Daniela. Pero solo me detuve un momento y seguí mi camino hasta llegar a Carrera de San Jerónimo 46, donde la Embajada de México en Madrid y el punto de concentración al que este jueves, 18 de mayo, convocaron los colegios de profesionales de periodistas y distintos medios de comunicación españoles para protestar en contra de los asesinatos de periodistas en mi país.

[Y al ver los rostros familiares de periodistas a quienes solo conozco por sus letras, sentí el apapacho colectivo —llámenle solidaridad o compañerismo— que uno siente y agradece al saberse vulnerable].

De a poco, como yo, fueron llegando más personas. Sin hacer un conteo, cuando me preguntaron dije que tal vez habíamos alrededor de ochenta; aunque escuché decir a un compañero de la prensa que éramos cien, porque nos había contado. Entonces vi cómo los medios de comunicación se abalanzaron para tener los primeros comentarios de Cristina Fallarás, de Víctor Sampedro, de Soledad Gallego-Díaz y de Rosa Montero, mientras algunos más buscaban a Miguel Mora —el de Ctxt con su Dobladillo en la mano— y a Ramón J. Soria, el Gastropitecus gloton a quien sigo leyendo desde el día en que descubrí su blog y la historia de su amiga Jara se quedó conmigo.

Concentración frente a la embajada de México en Madrid, 18 de mayo 2017 © G. Serrano

[Diría que acudieron periodistas de la prensa de izquierda, alternativa o independiente. Los comunicadores insumisos, los de siempre y los de ahora que rompen con los convencionalismos, que son estímulo para los lectores y con sus plumas refrescan el aire de la política, a veces sofocante, en una España tan contradictoria para sus habitantes como alentadora para quienes la miramos con ojos de fuera].

Sus respuestas fueron similares, las que ameritan estos casos cuando lo que sucede resulta inexplicable o, mejor, lo que respondería cualquier ser humano que no se considera solo huesos y tendones, que todavía tiene más sangre que trending topics en la cabeza. Y lo que expresaría un periodista entrenado para desatar el pensamiento de los ciudadanos, como los periodistas que estuvieron aquí y como tantos más que andan dispersos en todas partes, aunque no aparezcan en televisión, aunque reciban un pago indigno por su oficio. Por ejemplo, Cristina Fallarás dijo que “si no denunciamos cómo el poder político mexicano contribuye y colabora con la impunidad, no denunciamos nada”.


Cristina Fallarás, concentración frente a la embajada de México en Madrid,
18 de mayo 2017 © G. Serrano

No hice ninguna pregunta, me dediqué a mirar. A “mirar que no es ver, sino pensar”; a percibir, a “atender a los lados sin perder de vista el frente”, como sugiere la periodista María Angulo Egea en su Crónica y mirada (Libros del K.O., 2014) y como reitero en mi tesis de maestría sobre periodismo cultural, que ella misma revisó con la generosidad de una amiga y el rigor de una profesional.

Vi una escasa asistencia de mexicanos residentes en Madrid, entre ellos dos miembros del colectivo Madrid 43 que llevaban una pancarta en forma de cámara fotográfica, con la lente estrellada y más abajo la consigna #SOSPERIODISTASMÉXICO, la misma con la que han aparecido en otras manifestaciones. Vi que los periodistas mexicanos brillaron por su ausencia y quienes asistieron fue en plan de corresponsales; es decir, para cubrir la nota que al instante y por algunos días difundirán Uno Tv, Televisa, Noticias MVS y La Jornada. Vi a una anciana española enfrentarse sin miedo a los cuatro o cinco policías que le impedían el paso hacia las puertas de la embajada mexicana. Vi a un joven acomodar estratégicamente una viñeta impresa de Javier Valdez —periodista asesinado en Culiacán, Sinaloa el 15 de mayo— para que saliera en la foto. No identifiqué a ningún periodista de países hermanos en nuestro continente, pero sí a cierto corresponsal mexicano paseándose cual “Juan por su casa”, ambientado, con paletita en la boca y saludando a sus colegas, como en las habituales ruedas de prensa o entrevistas callejeras.

[¿Eso era lo que presenciamos este jueves? ¿en eso ha quedado el periodismo?].

También me dediqué a escuchar del modo en que explica Juan Carlos Rulfo, el hijo del escritor mexicano, que aprendió su padre: “a escuchar cuando alguien te está contando una historia”.

Aquí escuché a una pareja de franceses que al pasar exclamaron sin mucho ánimo “Oui, Mexique”. Y a dos chicas de algún lugar de Latinoamérica —“esto seguro tiene que ser de México”. Y a un español que entre la gente le decía a otro —"es la corrupción, si no la frenamos al rato vamos a estar como ellos allá".

Y escuché este diálogo entre personas que no se conocían:

“Adentro deben estar riéndose de estas cuarenta personas que hay aquí".
"Yo viví más de veinte años en México y tenía que andar con coche blindado".
“Me he llevado una decepción, pensé que habría más periodistas".
"Es que no pueden, los ponen en la lista y pierden su trabajo".

Concentración frente a la embajada de México en Madrid, 18 de mayo 2017 © G. Serrano

[Yo también supuse que habría más periodistas y cuando no los vi, tuve cierta sensación de lejanía, de distanciamiento con México].

Sus comentarios me hicieron recordar el inicio y el final de No oyes ladrar a los perros, uno de los cuentos de Juan Rulfo recopilados en El llano en llamas (FCE, 1953):

Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.

—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.

[Pobres de nosotros, los periodistas, cuando no vemos, cuando no escuchamos nada].

 Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.

 —¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

[Parece insignificante, pero no lo es, sobre todo en estos tiempos: ayudarnos con la esperanza o replanteando, al menos cuestionándonos las prácticas periodísticas, las reglas del juego que tenemos bien aprendidas, podría ser la mejor de nuestras reivindicaciones y una manera de reducir el impacto de la peor de todas las violencias, la que es crónica, banal, oculta, mediática].

Soledad Gallego-Díaz y Víctor Sampedro leyeron el comunicado oficial que luego Miguel Mora metió por debajo de la puerta de una misión diplomática que prefirió no izar oronda la bandera del país, sino bajarla. Los minutos que pasaron antes de terminar la concentración, los ocupé en mirar y escuchar como si esta calle con esta gente fueran las páginas de un libro, al estilo en que Juan Rulfo leía. "Cuando uno lee, decía, tiene que fijarse en esa otra cosa, no en la realidad de la que habla el libro".

Este acto, esta realidad fue un reclamo, la protesta de un sector del gremio periodístico español ante la gravedad de la situación en México. Sí, pero lo que casi nunca cuentan los medios porque no está registrado ni en sus cámaras ni en sus grabadoras, porque no es una fotografía ni un comunicado, es esa otra cosa, son —supongo— las perlas de sabiduría que soltó la gente alrededor, sus dichos, sus gestos; testimonios que no tiene un sentido único, sino distintas interpretaciones. En suma, lo que sería importante relatar. Cuando estuvo en Serbia, el cronista argentino Martín Caparrós dedicó parte de su tiempo a observar el vuelo de las palomas. Lo hizo porque sabía que “en una guerra, todo, absolutamente todo cambia, aunque a primera vista no se note”.  Estar ahí, saber mirar para luego contarlo, es el auténtico valor del periodismo. Y en México, además, es algo que puede matarte.

Concentración frente a la embajada de México en Madrid, 18 de mayo 2017 © G. Serrano
Artículo originalmente publicado en Zero Grados.